La polaridad o antagonismo inherente a la conformación del capitalismo como sistema mundial, combinada con la enorme heterogeneidad cultural del mundo que integra y somete a su lógica única de acumulación y competencia, es, en cierta medida, causa de la aprehensión de la problemática de la dominación como una pugna entre naciones, en la que las clases se invisibilizan o pasan al segundo nivel de atención. Esta concepción, que en términos generales es designada como imperialismo, expresa sin duda uno de los grandes desafíos que enfrentan los pueblos de lo que resta del mundo cuando se sustrae a Estados Unidos, Japón y la mayor parte de Europa Occidental.
Quizá pocos países, sin embargo, se encuentran en la situación de México: una invasión europea y la mitad de su territorio expropiada por el expansionismo estadounidense durante el siglo XIX; sus recursos naturales en riesgo permanente de saqueo; compartiendo una frontera de 3 mil kilómetros en la que se practica la caza de mexicanos migrantes en busca de un empleo1, aunque sea precario; y su economía constantemente estrangulada por deudas2, desestabilizada por los juegos de la tasa de interés o los movimientos de capital de un lado a otro de la frontera. Si en algún país del mundo el imperialismo se siente cotidianamente es en México. Pero, ¿quién y cómo lo siente?¿por qué la lucha popular asume el carácter de antiimperialista? ¿por qué se conceptualiza así? ¿cuáles son las implicaciones políticas de esta concepción y cuál la estrategia que desde ahí se diseña?
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